Le pregunté si quería denunciar. No la presioné. Le dije que yo la iba a apoyar decidiera lo que decidiera.
Tardó unos segundos.
“Sí. Quiero que sepan que no estuvo bien.”
Le di mi celular y escribió a Mateo:
“Sé que grabaste. ¿Me mandas el video?”
Treinta segundos después llegó.
Sin disculpa. Sin miedo. Solo un emoji riéndose y el archivo.
Lo vimos juntas.
Duraba apenas quince segundos.
Sofía aparecía llorando, diciendo: “No, por favor, no.” Marisol le jalaba un mechón. Mi mamá la sujetaba por los hombros. Mi papá, con un plato de pastel en la mano, decía: “Déjenla, para que aprenda.” Valeria gritaba: “¡Más corto, más corto!” Y Mateo se reía detrás de la cámara.
Cuando terminó, Sofía no lloró.
Solo dijo:
“Vámonos.”
Fuimos al Ministerio Público esa misma noche. Nos atendió una licenciada de apellido Álvarez. Escuchó a Sofía con una paciencia que yo jamás voy a olvidar. Vio el video dos veces. Su cara cambió de amable a seria.
“Vamos a levantar la denuncia”, dijo. “También se dará aviso al DIF.”
Sofía contestó preguntas con una calma que me partía el alma. Ya no parecía una niña asustada. Parecía una niña cansada de que la hicieran sentir culpable por existir.
Al día siguiente empezó el infierno.
Mi mamá me llamó primero.
“¿Estás loca? ¿Denunciar a tu propia familia por un corte de pelo?”
“No fue un corte. Fue una agresión.”
“Vas a destruirnos.”
“Ustedes empezaron cuando tocaron a mi hija.”