Mi esposo nos dio un beso de buenas noches después de envenenarnos a mi hijo y a mí con un plato de pollo en salsa verde, tomó su teléfono y murmuró: “Ya está hecho… pr… En voir plus
¿Casa de su papá? ¿Seguro? ¿Cuenta?
Rodrigo había estado vaciando nuestras cuentas durante meses, sí. Yo lo había sospechado. Pero no sabía que había más. No sabía que había puesto mi nombre y el de Mateo en una póliza. No sabía que nuestra muerte tenía precio.
“Ella no iba a firmar el divorcio sin quedarse con la mitad”, dijo Rodrigo. “Y el niño… el niño era un problema.”
Mateo levantó la mirada hacia mí. Sus ojos estaban llenos de una confusión que ningún niño debería sentir jamás.
“¿Yo era un problema?”, murmuró.
Me ardió el alma.
Antes de que pudiera responder, Rodrigo embistió la puerta con el hombro. La madera crujió.
“¡Mariana, abre ahora mismo!”
Las luces rojas y azules comenzaron a filtrarse por la pequeña ventana del baño. Yo escuché frenos afuera, voces, botas corriendo.
Pero Rodrigo también las escuchó.
Y en vez de huir, se volvió más peligroso.
“Si yo caigo, ustedes no salen de aquí”, dijo.
La cerradura cedió con un chasquido horrible.
La puerta se abrió de golpe.
Y Rodrigo entró con los ojos desorbitados, justo cuando los policías gritaban desde la sala.
Lo que vi en su mano me dejó sin aire, y supe que si alguien no llegaba en ese segundo, Mateo y yo no íbamos a contar la tercera parte.
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