No voy a decir que me enamoré de inmediato. Sería mentira. Pero sí voy a decir que después de mucho tiempo volví a sentir algo suave, limpio, posible.
Una tarde de septiembre, meses después de aquella llamada de las 7:42, mi madre estaba en el porche con su crucigrama, el sol cayéndole en el cabello blanco como una bendición tranquila. Yo terminaba de lavar el Mustang en la cochera. Beatriz reía en la cocina con Ramiro porque mi madre insistía en dirigirlo todo aunque ya no levantara cajas pesadas.
Mi madre me llamó con esa voz suya, firme como siempre:
—Gabriel.
—¿Sí, mamá?
—Seis letras. “Final feliz”.
La miré y sonreí.
—“Hogar” —le dije.
Ella escribió la palabra sin corregirme.
Y supe, con una certeza que me llenó el pecho, que aquella última llamada en su crisis no solo me había llevado hasta ella.
También me había devuelto a mí mismo.