Mi esposa se negó a ayudar a mi madre, que tiene 82 años. “Cuídate”, me dijo al día siguiente.
Mi camioneta estaba en el taller desde el día anterior. El alternador había muerto y me habían dicho que no la tendrían lista antes del viernes. Entonces pensé en el coche de mi esposa, una Honda CR-V plateada que estaba en la cochera, con el tanque lleno.
Mi esposa, Verónica, estaba arriba, en la ducha. Bajé al pie de las escaleras y la llamé dos veces. Cuando por fin salió, apareció con una bata blanca, una toalla en la cabeza y esa expresión fría que usaba cuando algo le estorbaba.
—Necesito tu coche —le dije—. Mi mamá tiene dolor en el pecho. Tengo que llevarla al hospital San Francisco.
Se hizo un silencio breve. No de duda. De cálculo.
—No puedo hoy, Gabriel.
Creí que había escuchado mal.
—Vero, se le está durmiendo el brazo izquierdo.
—Ya te oí —respondió, cruzándose de brazos—. Llámale a una ambulancia.
—Tú sabes que desde lo de mi padre les tiene miedo. No quiere ambulancias.
Verónica giró un poco hacia el pasillo.
—Entonces busca otra forma. Tengo cena con Joana y las chicas, tengo trabajo y no voy a pasarme el día en una sala de espera.
La miré sin comprender.
—Mi mamá podría estar teniendo un infarto.
Entonces ella me lanzó una frase que me partió algo por dentro y que todavía hoy recuerdo palabra por palabra:
—Es tu madre, Gabriel. No la mía. Resuélvelo.
Y se metió otra vez al cuarto. Sin gritar. Sin dar un portazo. Eso fue lo peor. La crueldad dicha como si hablara del clima.
Me quedé inmóvil tres segundos. Después saqué el teléfono.
Ramiro Castañeda vivía cuatro casas más abajo. Jubilado, sesenta y nueve años, bigote canoso, manos duras de electricista y un viejo sedán que nunca fallaba. Había sido amigo de mis padres durante más de veinte años. Me contestó al primer tono.
—¿Qué pasó, Gabo?
—Mi mamá tiene dolor en el pecho. No tengo coche. ¿Puedes llevarnos al San Francisco?
—En cuatro minutos estoy afuera.
Así, sin preguntas. Sin condiciones. Sin hablarme de cenas ni agendas.
Cuatro minutos.
Llamé de nuevo a mi madre.
—Ya voy, mamá. Ramiro nos lleva. Solo abre la puerta y siéntate, ¿me oyes? Siéntate.
Ella soltó un casi-risita, incluso así.
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