El verano pasado, antes de empezar quinto grado, Emma volvió a usar la lonchera azul.
Quiso que le metiera exactamente lo mismo que Elena le preparaba cuando era pequeña: un sándwich de pavo, rodajas de manzana con limón para que no se pusieran marrones, mini pretzels y una nota.
Me pidió que la nota no dijera nada cursi.
Solo esto: Hay comida suficiente.
Vuelves a casa conmigo. La escribí sin discutir.
Por la tarde, cuando la recogí, abrió la lonchera en el asiento del copiloto.
El sándwich había desaparecido. También la manzana.
Los pretzels no. Me extendió la bolsita a la mitad y dijo que ya no quería guardarlos para después, que mejor los compartíamos camino a casa.
Ese día entendí que algunas promesas no suenan heroicas.
Suenan a migas cayendo entre los asientos, a una niña comiendo sin mirar primero a nadie, a un padre que por fin deja de llamar sacrificio a lo que en realidad era ausencia.
Y aunque todavía hay noches en que me despierto recordando los golpes suaves de Emma en la puerta trasera, ahora también tengo otra imagen para pelearle a esa culpa: la de mi hija entrando a casa, dejando la mochila en el suelo, abriendo la nevera sin pedir permiso y gritándome desde la cocina que se va a hacer un sándwich.
Cada vez que la oigo, dejo lo que estoy haciendo y le respondo lo mismo.
Hazte dos. Yo también quiero.