Mi mamá abrió la boca, pero no encontró respuesta rápida, y en su cara vi algo más incómodo que la rabia.
Desconcierto.
Porque en mi familia siempre funcionó el mismo mecanismo.
Me humillaban, me llamaban exagerada, me culpaban por el ambiente y luego esperaban que yo corriera a reparar la escena con dinero, disculpas o silencio.
—No entiendes, Claudia —murmuró—. Si tu papá dice lo de la casa, todos van a saber cómo lo pusiste contra la pared a él y a Javier.
Solté una risa breve, casi triste.
—Mamá, el único problema de esa historia es que todavía creen que yo debería avergonzarme.