—Hola, guapo —contesté con una sonrisa cansada—. ¿Ya me extrañas?
Su cara llenó la pantalla. Bien peinado, seguro de sí mismo, iluminado por las luces del tablero de su camioneta.
—Siempre, preciosa. Solo quería saber si al final pusiste los caminos de mesa color marfil o gris humo. Mi mamá dice que el blanco va a chocar con su vestido.
Solté una risita.
—Dile a tu mamá que respire. Elegí gris humo.
—Sabía que podía confiar en ti. Ya voy llegando a casa de mi mamá, pero aquí la señal falla horrible. Si se corta, te marco de nue…
La imagen se congeló.
La pantalla quedó negra.
Pero la llamada no terminó.
Seguí oyendo ruido, el portazo de una camioneta, pasos, voces. Iba a colgar cuando escuché la voz de Leticia, mi futura suegra, tan filosa que me dejó inmóvil.
—¿Ya la convenciste de firmar?
Se me heló la mano.
—Casi —respondió Adrián, con un tono que no le conocía—. Anda nerviosa por tanta palabra legal, pero mañana temprano firma. Le dije que era un trámite del seguro familiar.
Luego habló otro hombre. Iván, su hermano menor.
—Más te vale, Adrián. Si no firma esa renuncia antes de la boda, no puedes meter mano al fideicomiso.
El fideicomiso.
Mi abuela me había dejado una casa en las afueras de Puebla y un fondo educativo para Mateo y Sofía. No era una fortuna escandalosa, pero sí lo suficiente para asegurarles universidad el día de mañana. Yo se lo había mencionado a Adrián al principio de la relación, como se cuentan esas cosas cuando todavía crees que estás con alguien decente. Jamás le dije montos. Jamás imaginé que me estuviera escuchando como quien evalúa mercancía.
—Va a firmar —dijo Adrián, y se rió.
Nunca olvidaré esa risa.
No era la risa cálida con la que me hablaba a mí. Era una risa seca, soberbia, de hombre que se siente más inteligente que su víctima.
—Valeria está desesperada —continuó—. Tiene treinta y cuatro, dos hijos de distintos padres y miedo a quedarse sola otra vez. Me ve como si yo fuera su salvación.
—Pobrecita —dijo Leticia, burlándose—. Hasta ternura me da cómo te mira. No entiende que viene con puro equipaje.
—Equipaje caro —soltó Iván entre carcajadas—. La casa que heredó vale una fortuna. Si movemos eso y vaciamos el fondo de los niños, sales de tus deudas y todos respiramos.
Sentí que el piso desaparecía debajo de mí.
—Ella no se casa con un hombre —dijo Adrián, más bajo—. Se casa con un salvavidas. Y en cuanto firme ese documento disfrazado de póliza, todo lo suyo entra bajo mi administración. Mis deudas siguen siendo mías, pero sus bienes dejan de serlo. Cuando quiera reaccionar, la casa ya va a estar vendida y el dinero de los niños ya tendrá destino.
—¿Y si se pone loca? —preguntó Iván.
—No se va a poner nada —respondió Adrián con una seguridad monstruosa—. Es blanda. De esas mujeres que creen que amar es aguantar. Si sospecha algo, la hago sentir culpable, le digo que está exagerando, que sus traumas la hacen desconfiar. Siempre termina doblándose.
La llamada se cortó.
Me quedé quieta, sentada entre moños, chocolates y tul, con el corazón golpeándome tan fuerte que casi no podía respirar.
Blanda.
Desesperada.
Equipaje.
Giré la mirada hacia el pasillo oscuro donde dormían mis hijos. Mateo, que se ponía tenso cada vez que Adrián entraba. Sofía, que desde el compromiso casi había dejado de cantar. De pronto entendí que mis hijos llevaban meses intentando advertirme sin palabras, y yo había preferido seguir decorando la jaula.
Algo se rompió dentro de mí esa noche.
No despacio. No con tristeza.
Con una claridad brutal.
La mujer que estaba dispuesta a casarse por miedo murió ahí mismo, sentada en el suelo. En su lugar se levantó otra. Una madre. Y esa mujer ya no estaba dispuesta a doblarse.
Miré el vestido colgado en la puerta.
Luego tomé aire.
Y empecé a moverme.
La madrugada todavía no terminaba cuando entendí que lo que iba a hacer no era cancelar una boda.
Era escapar de una trampa.
PARTE 2
A las dos y trece de la mañana ya tenía abiertas dos maletas sobre la cama.
No empaqué todo. Solo lo imprescindible. Actas de nacimiento, pasaportes, CURP, libretas de ahorro, medicinas, algo de ropa, las libretas favoritas de los niños. Saqué la cajita metálica donde guardaba dinero de emergencias, dinero que había ahorrado a escondidas con trabajos de diseño freelance porque, aunque yo no quería admitirlo, una parte de mí nunca terminó de confiar en Adrián.
Cuando entré a la cocina, mi celular se iluminó.
Adrián [2:15 a.m.]: Perdón, amor, se murió mi batería. Ya me voy a dormir. Te amo. Mañana no olvides firmar el documento del portafolio familiar, ¿sí? Jajaja. Ya quiero hacerte mi esposa.
Ese “jajaja” me revolvió el estómago.
Puse el teléfono en modo avión.
Luego fui al cuarto de mis hijos y los desperté con suavidad.
—Mateo, Sofi, arriba. Vamos a salir.
Mateo se sentó enseguida, como si hubiera estado esperando esa frase toda la noche.
—¿Qué pasó?
—Nada malo —mentí—. Vamos a hacer un viaje sorpresa.
Sofía se talló los ojos, confundida.
—¿Ahorita? ¿Y la boda?
—La boda se pospone, mi vida.
Mateo me miró con una seriedad que no le correspondía a su edad.
—¿Tengo que llevarme el traje que me compró Adrián? El que pica…
—No —le dije, acariciándole el cabello—. Ese se queda. Llévate tu dinosaurio y tus Legos.
Cargué todo en mi coche, un sedán viejo a mi nombre. No la camioneta que Adrián presumía como “nuestra”, esa que estaba financiada y llena de mentiras. Antes de salir, hice una última revisión.
Sobre la barra de la cocina estaba el famoso documento y una pluma lista para mi firma.
Lo tomé.
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