Ni un beso.
Ni una caricia.
Non una spiegazione.
Luego entregó su pase de abordar, cruzó la puerta de imbarque y desapareció.
Nadie se detuvo.
Nadie tranne Santiago Fierro.
Nel nord del Messico, il suo nome cambiava l’aria in una stanza. Empresario para unos, benefattore para unos pocos, hombre peligroso para la mayoría. Ho avuto quarenta anni, una reputazione costruita con silenzio e decisioni fredde, e l’estraneo che ha fatto sì che altri bajaran la voce quando è apparso. Le sue scorte si muovono alla distanza esatta: cerca per proteggerlo, lejos per non estorbarle.
—Jefe, cambiaron la salida de su vuelo —murmuró Marco, su hombre de confianza.
Santiago no respondió.
No estaba mirando la pantalla. Miraba al bambino.
El pequeño seguía con la vista fija en la puerta por la que la mujer había desaparecido. No lloraba. No corría detrás. Solo apretaba la boca con ese esfuerzo desesperado de quien ya sabe que llorar frente a ciertas personas no sirve de nada.
Entonces Santiago hizo algo que no hacía por nadie desde hacía años.
Caminó hacia ellos.
Se agachó hasta quedar a su altura. El niño lo miró apenas; la niña, en cambio, sostuvo su mirada sin miedo. Eso lo desconcertó más que cualquier amenaza.
—¿Dónde está su mamá? —preguntó con una voz más suave de la que él mismo creía tener.
El niño apretó más fuerte el oso.
—No es nuestra mamá —dijo.
La frase cayó plana, sin dramatismo, como una verdad repetida demasiadas veces.
Santiago volvió los ojos a la niña.
—¿Cómo te llamas?
—Lucía.
—¿Y tu hermano?
—Mateo.
—¿Cuántos años tienen?
—Cinco —respondió Mateo—. Los dos. Somos gemelos.
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