Horas Antes De Casarme, Encontré Mi Vestido Hecho Trizas Y Escuché A Mi Suegra Reírse Detrás De La Puerta; Entonces Entré Al Registro Vestida De Negro Y Convertí Mi Boda En El Funeral De Mi Propia Ingenuidad…
No respondieron. Por primera vez desde que las conocieron, no encontraron palabras rápidas. Tomé mis aretes de plata antigua, herencia de mi abuela, agarré mi bolso y caminé a la puerta.
En el elevador sonó mi celular. Mateo.
— ¿Dónde estás? —preguntó alterado—. Todos ya llegaron.
—Voy para allá —respondí con una calma que ni yo entendía—. No te preocupes, amor. Les voy a dar algo que jamás van a olvidar.
El trayecto hasta el registro civil fue una procesión silenciosa. Leonor y Verónica insistieron en subirse al mismo taxi, una a cada lado, como si pudiera contener con su presencia lo que yo estaba a punto de hacer. Afuera, la ciudad brillaba húmeda bajo la llovizna. Puestos de tamales humeando, gente corriendo con paraguas, microbuses salpicando agua en las esquinas, vendedores de flores en los semáforos. Pensé con ironía que incluso la ciudad parecía saber que ese no era un día para vestidos blancos.
Recordé a mi padre, Rafael, ingeniero jubilado, recuperándose de una cirugía de corazón desde hacía tres meses. Recordé la voz de mi madre, Teresa, tratando de tranquilizarme todas esas semanas.
—No te llenes de dudas, hija. Si lo amas, dale su lugar. Pero jamás dejes que te falten al respeto.
Yo había escuchado solo la primera mitad del consejo.
Cuando llegamos al registro, la explicada ya estaba llena de invitados. Mis amigas, mis tíos, los compañeros de oficina de Mateo, primos de ambos lados, gente que sonreía sin saber que iba a presenciar un derrumbe. En cuanto bajé del taxi, el murmullo fue inmediato. Las sonrisas se congelaron. Vi ojos abrirse, manos cubrirse la boca, cabezas inclinarse unas hacia otras.
Una novia de negro.
Caminé con la espalda recta, sintiendo detrás de mí el perfume empalagoso de Leonor y la respiración nerviosa de Verónica. En el vestíbulo me esperaba Mateo. Traje gris oscuro, corbata clara, el cabello impecable, el rostro pálido.
—Sofía —dijo, agarrándome del brazo—. ¿Qué pasó? ¿Dónde está tu vestido?
Lo aparté con suavidad.
—Tuvo un pequeño accidente.
—¿Cómo que un accidente? ¿Por qué no me llamas?
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