—¿A tu cargo? ¿Desde cuándo tienes… “equipo”? —dijo, imitando el gesto de comillas con la mano.
—Desde hoy —respondí, dejándole claro que la situación había cambiado.
Pero Emiliano no toleraba perder control.
—Tú no puedes administrar una herencia así. No tienes experiencia. Deja que yo maneje esto —dijo acercándose, intentando sonar protector.
—La herencia es mía —respondí con firmeza—. Y ya no necesito que tú manejes nada.
Sus ojos brillaron de furia contenida.
—¿Qué más te dejó ese viejo? —soltó entre dientes.
Isabella respiró hondo, consciente de que lo que venía definiría no solo su herencia, sino también su libertad…
Parte 2…

Me acerqué a Emiliano, cada paso resonando como un martillo. La sala se volvió más silenciosa de lo que jamás había estado.
—Mucho más de lo que imaginas —dije, con voz firme y helada—. Y también dejó instrucciones… sobre ti.
El aire se cargó de tensión. Emiliano retrocedió un paso, buscando control en su mirada.
—Isabella… hablas como si yo fuera tu enemigo. Solo quiero ayudarte —balbuceó.
—Mi padre dejó pruebas —interrumpí, cortante—. De tus deudas ocultas, de las compañías que abriste a mi nombre sin decírmelo, de tus alianzas con gente que no quiero cerca de mi vida.