Yo sí: el clic suave de plástico contra tela.
Y, mientras me alejaba… mi teléfono vibró una sola vez.
Lo que parecía solo un gesto silencioso… pronto revelaría secretos que cambiarían todo lo que creía sobre mi hijo y la familia de Eduardo.
Ese pequeño gesto silencioso contenía el poder de destruirlo todo… y Diego aún no sabía que su mundo estaba a punto de derrumbarse.
Parte 2…

No fui a casa. Porque ya no era “mi” casa.
Me refugié en un café cerca de la estación Buenavista. Nadie me conocía.
Dejé el celular sobre la mesa. Lo miraba como si fuera un salvavidas.
La vibración de antes no era casualidad.
En el bolsillo del abrigo de Diego acababa de esconder un rastreador diminuto. De esos que se conectan a una app.
Eduardo lo usaba en las maletas cuando viajaba por trabajo. Aquella mañana lo tomé sin pensarlo, empujada por una certeza: mi hijo no estaba actuando solo.