Contratamos a una auditora forense, Laura Mena, y a un abogado mercantil.
En menos de diez días encontraron todo.
Pagos personales cargados a la empresa: el coche nuevo de Alejandro, viajes a Cancún, remodelaciones en el departamento de su novia, transferencias a una empresa fantasma en Monterrey.
Y luego… algo peor.
La venta de una bodega en Toluca, con una firma de Carmen que no era suya.
La revocación del poder se notificó un martes.
Ese mismo día, Alejandro me llamó cuarenta y siete veces.
Después llegaron los mensajes.
Que le había llenado la cabeza a su madre.
Que la devolviera.
Que no sabía con quién me estaba metiendo.
También intentó convencer a dos antiguos empleados para que dijeran que Carmen ya no estaba en condiciones de decidir por sí misma.
Ninguno quiso prestarse.
Yo seguí trabajando.
Llevando a Carmen a fisioterapia.
Recogiendo a Santiago los fines de semana.
Pero Santiago ya había notado el cambio.
—Papá grita mucho por teléfono —me dijo en el sofá—.
—Dice que la abuela le está haciendo una trampa.
Lo dijo sin levantar la vista.
Como si repetirlo le diera vergüenza.
Carmen esperó a que el niño se fuera al baño.
Dejó las agujas sobre la mesa.
—No voy a morir antes que él, como esperaba —dijo—.
—Ese era su plan.
A finales de mes, Alejandro atacó primero.
Presentó una solicitud para incapacitar a su madre por “deterioro cognitivo”.
Y afirmó que yo la manipulaba para quedarme con sus bienes.
El escrito era claro:
yo, una exmujer resentida y sin recursos;
Carmen, una anciana confundida.
La audiencia cautelar se fijó para el jueves siguiente, en los juzgados de la Ciudad de México.
La víspera, Laura llegó con el informe preliminar.
—No solo ha vaciado caja —nos dijo—.
—Hay indicios claros de falsificación de documentos y administración fraudulenta.
Carmen se alisó la falda azul.
Me hizo sentarme frente a ella.
—Mañana dirán que estás conmigo por dinero —me advirtió—.
—Recuerda algo: yo te elegí cuando tú no pediste nada.
Dormimos poco.
A las ocho de la mañana, cuando estábamos a punto de salir, sonó el timbre.
Pensé que era el taxi.
Pero era Santiago.
Con el uniforme del colegio.
La mochila colgada de un hombro.
Los ojos hinchados.
—Mamá —dijo, temblando—, no quiero volver con papá.
—Anoche vino la policía a la casa.
—Registraron el despacho… y papá no ha parado de gritar el nombre de la abuela.
Lo metí en la cocina.