PARTE 3
EL MILLONARIO FINGIÓ ESTAR PARALÍTICO PARA ENCONTRAR A UNA MUJER QUE NO AMARA SU DINERO… TODAS SE FUERON PORQUE NO QUERÍAN SER “SIRVIENTAS”, PERO UNA MUCHACHA DEL SERVICIO LO BAÑÓ CON PACIENCIA… Y EL DÍA DE LA BODA TODOS QUEDARON HELADOS CUANDO ÉL SE LEVANTÓ Y CAMINÓ
Aquella pregunta atravesó a Alejandro más que cualquier acusación pública.
—No —respondió de inmediato—. Sí te oculté la verdad, y eso estuvo mal. Muy mal. Pero jamás me burlé de ti. Lo que sentí por ti se volvió real… más real que cualquier cosa que haya vivido. Te amo, Elena. Te amo con todo lo que soy. Y si hoy decides irte, voy a entenderlo. Solo no quería llegar al altar sin confesarte quién soy de verdad.
La iglesia entera observaba en un silencio espeso.
Las mismas mujeres que antes lo habían despreciado ahora se quedaban inmóviles, tragándose su veneno.
Los invitados contenían la respiración.
El sacerdote bajó la mirada con prudencia, como si supiera que ese momento ya no pertenecía al rito, sino al corazón.
Elena lloraba.
En su pecho chocaban el dolor, la ternura, la humillación, los recuerdos, las madrugadas sin dormir, los baños tibios, las cobijas acomodadas, la mano apretada en medio de la tormenta, los “gracias” tímidos, la manera en que él empezó a mirarla como si fuera lo más valioso del mundo.
Sí, la había herido.
Pero también era cierto que ella conocía algo de él que nadie más había conocido.
Con el corazón latiéndole hasta la garganta, Elena extendió la mano.
Alejandro la tomó como si estuviera tocando un milagro.
—Me dolió —dijo ella en voz baja, pero firme—. Me dolió muchísimo. Porque yo amé a un hombre al que creí roto… y descubrí que la que terminó rota fui yo.
Alejandro cerró los ojos un segundo, como quien acepta una sentencia.
Pero Elena apretó su mano.
—Sin embargo… también sé lo que vivimos. Y sé que lo que nació entre nosotros fue verdad. No te perdono todo en un instante… pero sí quiero quedarme y ver si el amor que dices tener es tan fuerte como para sanar lo que lastimaste.
Un suspiro tembloroso recorrió la iglesia.
Y luego, como si el tiempo volviera a avanzar, el sacerdote retomó la ceremonia.
Esta vez ya no eran un inválido y una sirvienta, como tantos habían murmurando con desprecio.
Eran un hombre desnudo en su verdad y una mujer inmensa en su dignidad.
Se dieron el sí entre lágrimas.
Y cuando salieron de la iglesia, el escándalo ya no importaba.
Porque el verdadero juicio apenas iba a comenzar dentro del matrimonio.
Los primeros días como esposos estuvieron llenos de una calma rara, hermosa y frágil.
Elena se mudó a la habitación principal de la mansión, pero no perdió su sencillez. Seguía levantándose temprano, seguía agradeciendo a la cocinera, seguía tratando con cariño a cada trabajador de la casa. No usaba el lujo como corona ni la riqueza como desquite.
Pero estaba más callada.
Alejandro lo notó enseguida.
La veía sonreír, sí, pero ya no con la misma libertad.
La veía sentarse a su lado, pero a veces perdida en pensamientos que no compartía.
La veía quedarse en silencio cuando él se acercaba a abrazarla de sorpresa.
Una noche, incapaz de seguir fingiendo que no lo veía, se sentó frente a ella.
—Elena… ¿sigues enojada conmigo?
Ella tardó en responder.
—No es enojo —dijo al fin—. Es tristeza. Siento que mi corazón pasó por una prueba sin pedirlo.
Alejandro agachó la cabeza.
—Lo sé. Y no hay un solo día en que no me arrepienta. Pero voy a hacer lo que sea necesario para merecerte.
Y comenzó a demostrarlo.
No con discursos.
Con hechos.
Si Elena estaba cansada, él la ayudaba.
Si ella pasaba mala noche, él cancelaba reuniones para quedarse con ella en el desayuno.
Si había un evento social donde alguien pudiera faltarle al respeto, él se ponía de pie a su lado antes de que ella tuviera que defenderse sola.
Semanas más tarde, estalló otro problema.
Un grupo de inversionistas empezó a dudar de Alejandro por el escándalo de la falsa parálisis. En juntas privadas se hablaba de inestabilidad, de imagen dañada, de decisiones impulsivas.
El día de una reunión importante, Alejandro buscó a Elena antes de salir.
—Te necesito conmigo.