Rachel esbozó una sonrisa cansada pero sincera.
“Porque a veces no podemos arreglar todo lo que se ha roto”, dijo.
Sus ojos se dirigieron hacia los niños.
“Pero podemos evitar que personas inocentes sean destruidas.”
La habitación volvió a quedar en silencio, pero esta vez la sensación era de calma en lugar de asfixiante.
Meses después, la casa volvió a sentirse viva de una manera diferente pero auténtica.
Los muebles eran dispares y de segunda mano, pero transmitían calidez en lugar de ilusión.
Las paredes se fueron llenando poco a poco de nuevos dibujos y fotos que solo les pertenecían a ellos.
Encontró un trabajo que no era perfecto, pero era honesto y suyo.
Sus hijos volvieron a reír, no constantemente, pero lo suficiente como para recordarle que la sanación era real.
Ella misma se transformó en una persona más fuerte y con los pies en la tierra de lo que jamás había sido.
Una noche tranquila, mientras observaba a sus hijos dormir plácidamente, susurró suavemente.
“Hemos perdido muchísimo con todo esto.”
Una lágrima rodó por su mejilla seguida de una leve sonrisa.
“Pero no nos perdimos a nosotros mismos, y eso es lo que más importa.”