El magnate vio a su exnovia en el avión… y a su lado iban tres niños trillizos idénticos a él. En ese instante, se quedó sin aliento…

La voz del pequeño hizo que Alejandro sintiera un escalofrío. No era solo el rostro. No era solo la expresión. Era también la manera de hablar, la serenidad que contrastaba con la curiosidad viva en sus ojos. Era una mezcla imposible de ignorar.

Valeria sonrió con ternura.

—Sí, mi amor. Gracias.

El niño se levantó con dificultad de su asiento, pero antes de que pudiera dar un paso, Alejandro ya estaba de pie.

—Yo se la traigo —dijo, casi sin pensar.

Valeria lo miró como si quisiera detenerlo. Como si supiera que cada palabra, cada gesto, cada segundo que él permaneciera cerca iba a derrumbar el muro que tanto le había costado construir.

—No hace falta —respondió ella en voz baja.

Pero el niño ya estaba mirando a Alejandro con una confianza extraña, natural.

—Gracias, señor.

Señor.

Aquella palabra le cayó como una piedra en el pecho.

Alejandro caminó hasta la sobrecargo, pidió una botella de agua y volvió con la mano ligeramente temblorosa, cosa que no le pasaba desde sus primeros años como empresario. El pequeño la recibió con una sonrisa luminosa.

—Gracias.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Alejandro, incapaz de contenerse.

El niño lo miró con esa franqueza limpia que solo tienen los niños.

—Mateo.

El segundo levantó la cabeza desde su asiento junto a la ventanilla.

—Yo soy Emiliano.

Y el tercero, más serio, con una expresión observadora que le recordó brutalmente a sí mismo frente al espejo, añadió:

—Y yo soy Santiago.

Alejandro sintió que el nombre de cada uno se le iba grabando en el alma.

Mateo. Emiliano. Santiago.

Trillizos.

Valeria cerró los ojos un instante. Ya no había forma de evitar lo inevitable.

—Alejandro… por favor —murmuró.

Pero él ya no podía detenerse.

—¿Cuántos años tienen?