No me estaba yendo.
Me estaban empujando fuera de mi propia vida.
A las siete y veinte se abrió la puerta.
Lo que Javier encontró al cruzar esa puerta…
no era una simple discusión.
Era el inicio de su peor pesadilla.
Parte 2…

Javier entró sonriendo, con Paola detrás, y se quedó helado. En medio de la sala estaba yo, junto a dos policías, con la copia de la denuncia sobre la mesa y mi anillo de boda encima.
Paola fue la primera en hablar, pero no por sorpresa, sino por rabia.
—¿Llamaste a la policía por una tontería de pareja?
Uno de los agentes la frenó con una mirada.
—Señora, modere el tono.
Javier me observó la cara vendada, el cuello enrojecido y las cajas apiladas junto a la entrada. Durante unos segundos pareció no reconocer la escena. Estaba acostumbrado a que yo llorara, cediera y luego limpiara el desastre, no a encontrarme firme, callada y acompañada.
—Mariana, bájale a esto ahora mismo —dijo—. Estás haciendo el ridículo.
Saqué del bolso el reporte médico de urgencias y se lo tendí a uno de los policías, no a él.
—No voy a hablar sin testigos.
Aquello lo alteró de verdad.
—¿Testigos? ¿Ahora soy un delincuente porque se me fue una taza de la mano?
—No se te cayó —respondí—. Me la aventaste a la cara.