“Yo te amaba…”
Di un paso atrás.
“No. Te gustaba sentirte por encima de mí.”
Hice una seña al personal.
“Gracias por venir a cenar. La comida será donada. Pueden retirarse.”
“¿Nos estás echando?” gritó Doña Teresa.
Señalé hacia la reja.
“En esta casa, la basura se saca los martes. Hoy es martes.”
Se fueron en silencio.
Sin risas. Sin orgullo.
Solo con la realidad encima.
Cuando las puertas se cerraron detrás de ellos, solté el aire despacio.
No era venganza.
Era paz.
Porque la verdadera riqueza no consiste en lo que posees,
sino en saber cuándo alejarte de quienes solo te valoraban cuando creían estar por encima de ti.