Cuatro horas luché por la vida de un niño de 5 años, llegué tarde a mi propia boda y 20 personas de la familia del novio me cerraron el paso: «¡Lárgate, mi hijo ya se casó con otra!», pero cuando ellos supieron de quién era el niño al que yo salvé…

Cuando dieron el alta a Aurora, una semana después, con una bolsa llena de medicamentos nuevos y una larga lista de indicaciones, Gonzalo invitó a ambas a comer a su casa en la urbanización Pinar del Lago para celebrar dos cosas: que Aurora estaba mejor y que Mateo se había recuperado completamente del accidente y corría ya por el jardín, sin recordar siquiera la UCE, las agujas ni el miedo.

El chalet resultó grande, pero acogedor, sin esa ostentación hortera de nuevos ricos que Lucía había imaginado en un empresario de la construcción. Una casa sólida de ladrillo rojo en una parcela amplia con pinos altos que daban sombra. Una terraza de madera con vistas al lago artificial de la urbanización, un columpio en el jardín que chirriaba agradablemente con el viento. El niño salió disparado hacia la puerta en cuanto oyó el coche, con el pelo revuelto y las rodillas manchadas de hierba. “Ha venido la doctora”, gritó Mateo con esa alegría desbordante que solo tienen los niños, abrazándose a las piernas de Lucía con tanta fuerza que casi la hizo perder el equilibrio. “Papá, papá, ha venido la doctora que me curó la barriga.”

“Mateo, deja respirar a la doctora”, lo regañó Gonzalo con voz suave, en la que ahora se notaba una ternura que Lucía no le había escuchado antes. Una ternura de padre que ha estado a punto de perder lo que más quiere. “Dale espacio, hombre, que la vas a tirar.” La comida fue sencilla, pero deliciosa. Asado de cordero, ensalada fresca del huerto que tenían en la parte trasera, pan recién hecho y un vino tinto suave que Gonzalo había elegido personalmente.

Cocinó la asistenta, una mujer mayor y sonriente que llevaba con la familia desde que Mateo nació. Aunque Gonzalo se encargó de poner la mesa con la misma concentración meticulosa con la que probablemente revisaba los planos de sus edificios o firmaba contratos millonarios. Entre plato y plato, mientras Mateo corría por el jardín persiguiendo a un gato que nunca se dejaba atrapar, Gonzalo contó lo justo sobre su vida, sin dramatizar, pero sin ocultar nada. Su esposa, Elena, había muerto de cáncer de páncreas 3 años atrás después de una enfermedad que duró solo 6 meses desde el diagnóstico hasta el final. Llevaba desde entonces criando solo a Mateo, aprendiendo sobre la marcha a ser padre y madre a la vez, a peinar coletas torcidas y a preparar meriendas.