Cuando tenía ocho meses de embarazo, mi esposo me llevó a la azotea de un edificio en Santa Fe y me dijo con una frialdad que jamás olvidaré: —Ese hijo no es mío. Yo le supliqué, con una mano en el vientre y la otra aferrada a su camisa: —Alejandro, por favor… ten piedad. Piensa en nuestro bebé. … En voir plus Commentaires
Pálida.
Con sangre en la frente y una mano todavía cerrada sobre mi vientre, como si incluso inconsciente siguiera protegiendo a mi hijo.
—¡Mariana! —gritó.
Intentó acercarse, pero un policía lo detuvo.
—Señor, atrás.
—Es mi esposa.
El paramédico levantó la vista.
—Entonces rece por ella.
Alejandro se quedó paralizado.
Porque en ese momento escuchó otra frase que lo partió en dos:
—El bebé tiene latido, pero están perdiendo tiempo. ¡Al Hospital Ángeles, rápido!
Las sirenas se perdieron entre la lluvia y el tráfico de la ciudad.
Alejandro las siguió en su camioneta, manejando como un hombre condenado. Pasó semáforos, recibió insultos, casi chocó dos veces. No le importó.
En su mente solo había una oración, repetida como un castigo:
“Que viva. Que viva. Que viva.”
En urgencias, nadie le dio respuestas al principio.
Lo sentaron en una sala fría, con las manos manchadas de sangre seca y los pies descalzos sobre el piso brillante. Cada vez que una puerta se abría, él se levantaba.
Nadie lo miraba con compasión.
Un policía de investigación llegó poco después.
—Alejandro Rivas Velasco.
Él levantó la cabeza.
—Soy yo.
—Necesitamos hacerle unas preguntas sobre lo ocurrido en la azotea.
Alejandro quiso mentir.
Durante un segundo, el miedo le susurró que dijera que fue un accidente, que yo resbalé, que él no estaba cerca.
Pero entonces recordó mi voz.
“No hagas esto.”
Y por primera vez en su vida, no se protegió a sí mismo.
—Yo la empujé —dijo, con la voz rota—. Yo empujé a mi esposa.
El policía lo miró fijamente.
—¿Sabe lo que está diciendo?