PARTE 2
El estruendo de un golpe seco contra la madera de la puerta hizo que Lucía soltara un grito ahogado. El bebé, asustado por la vibración y el ruido, comenzó a llorar con una fuerza desgarradora. Lucía se hundió en el rincón más alejado de la habitación, con los pies sobre la cama, tratando de cubrir la boca del niño para que su llanto no guiara a quienes estaban afuera. Los golpes no se detuvieron. La silla que bloqueaba la entrada rechinaba contra el piso de madera, cediendo milímetro a milímetro.
—¡Abre de una vez, Julián! ¡No me hagas perder el tiempo! —gritó el hombre desconocido desde el pasillo. Su voz era como un lija, llena de una impaciencia criminal.
—¡Vete al diablo, Mauro! ¡Sobre mi cadáver vas a tocar esa puerta! —la voz de don Julián estalló con una potencia que Lucía nunca le había conocido. No era el anciano sumiso y silencioso de los días anteriores; era un hombre dispuesto a matar o morir.
De pronto, el sonido de un forcejeo violento llenó el pasillo. Se escucharon cuerpos chocando contra las paredes, el ruido de un jarrón rompiéndose y jadeos de dolor. Lucía, con las manos temblorosas, logró marcar al 911. La operadora le pedía calma, pero ¿cómo tener calma cuando escuchas a tu suegro siendo golpeado mientras intentas proteger la vida de tu hijo de 13 días? Ella apenas pudo susurrar la dirección antes de que un impacto más fuerte hiciera que el silencio volviera a reinar afuera de su cuarto. Un silencio absoluto, denso y aterrador que duró lo que a ella le parecieron siglos.
—¿Papá? ¿Don Julián? —susurró Lucía, sin atreverse a acercarse a la puerta.
Nadie respondió. Solo se escuchaba la lluvia afuera y el latido de su propio corazón. Minutos después, el sonido de las sirenas de la policía estatal cortó la noche. Las luces rojas y azules bañaron las paredes de la habitación a través de la ventana. Lucía escuchó gritos de mando abajo, portazos y el sonido de botas pesadas subiendo la escalera.
—¡Policía! ¡Nadie se mueva! ¡Suelte el arma!
Hubo un alboroto de voces y luego un agente tocó con firmeza su puerta.
—Señora, soy el oficial Mendoza. Está segura. Ya detuvimos al sujeto. Por favor, abra la puerta.
Lucía tardó varios minutos en quitar la barricada. Tenía las piernas convertidas en agua. Al abrir, la escena la dejó sin aliento. Don Julián estaba sentado en el piso del pasillo, recargado contra la pared, con la camisa blanca empapada en sangre y el labio partido. A unos metros, dos policías tenían sometido a un hombre robusto, Mauro, que la miraba con unos ojos cargados de un odio puro antes de ser arrastrado escaleras abajo.
—Hija… —murmuró don Julián al verla, intentando levantarse pero fallando en el intento—. Perdóname. Nunca quise que pasaras este susto. Solo quería que estuvieras a salvo.
Lucía se desplomó a su lado, llorando de pura descarga emocional. La policía y la ambulancia pasaron el resto de la madrugada en la propiedad. Mientras los paramédicos limpiaban las heridas de su suegro en la cocina, la verdad empezó a salir a la luz como un balde de agua fría que apagó la paranoia de Lucía. Mauro no era un extraño total. Años atrás, había trabajado con don Julián en una empresa de fletes, pero se había desviado hacia el robo de mercancía y el narcotráfico. Mauro estaba huyendo de una banda rival y de la ley, y había decidido que la casa de don Julián era el escondite perfecto. Según sus cálculos, “nadie buscaría a un criminal en la casa de un viejo viudo que cuidaba a una mujer recién parida”.
Don Julián se había negado rotundamente desde el primer día que Mauro apareció en la propiedad para amenazarlo. El viejo sabía que si Lucía se enteraba, el pánico afectaría su salud y su leche, algo sagrado en la cultura mexicana para una madre en dieta. Por eso decidió cargar con el secreto solo.
De pronto, todas las piezas del rompecabezas que habían torturado a Lucía encajaron. Don Julián no se quedaba frente a su puerta por morbo; se quedaba vigilando el pasillo para asegurarse de que Mauro no se hubiera metido por alguna ventana. La perilla que ella vio moverse una noche no fue por culpa del viejo, sino por el criminal que intentaba entrar mientras su suegro dormía un par de horas. Las cenas que él le llevaba con tanta insistencia eran su manera de confirmar que ella seguía encerrada y segura, lejos de la vista del hombre que rondaba la casa.
—¿Por qué no me dijo nada? —preguntó Lucía, con el rostro empapado en lágrimas y una culpa que le quemaba el pecho—. Yo… yo llegué a pensar que usted era el peligro. Atranqué la puerta para protegerme de usted.
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