A los 65 años me llamaron indecente por pasar una noche con un desconocido… pero nadie imaginó que ese hombre guardaba la foto de mi embarazo, los aretes robados en el … En voir plus
Él asintió.
Doña Consuelo Rivas. La madre de Efraín. La mujer que me llevó caldo cuando “perdí” a mi bebé. La que me decía cada domingo en misa: “Dios sabe por qué hace las cosas, Ofelita”.
Dios no había hecho nada. Lo había hecho ella.
Me vestí como pude, con la blusa torcida y los zapatos sin abrochar.
—Llévame con esa vieja.
—Ofelia, espera. Tiene dinero, abogados, amigos en el gobierno.
—¿Y qué me va a quitar ahora? ¿Otro hijo?
La encontramos saliendo de misa en la iglesia de San José. Iba del brazo de mi hija Marcela, peinada como reina, con bastón de plata y perfume caro.
Al verme, Marcela abrió los ojos.
—Mamá, ¿qué te pasó?
No le contesté. Caminé directo hacia Consuelo.
Ella me miró y lo supe: sabía que yo ya sabía.
Le di una cachetada frente a todos.
—¿Dónde está mi hijo?
Marcela me jaló del brazo.
—¿Qué hijo? ¡Mamá, estás haciendo un escándalo!
Consuelo no lloró. Ni siquiera se tocó la mejilla.
—No hagas esto en la casa de Dios.
—Dios no vive donde usted entra —le dije.
Entonces Arturo apareció detrás de mí. Al verlo, Consuelo palideció.
—Ese niño no era de Efraín —dijo ella, con una frialdad que me partió.
Marcela se quedó inmóvil.
—¿Mi papá sabía?
Consuelo guardó silencio.
Ese silencio fue la segunda muerte de mi marido.
—Efraín firmó —dijo al fin.
Y justo cuando sentí que el mundo se me caía encima, Arturo sacó una grabadora de su saco.
—Siga hablando, doña Consuelo. Todo quedó claro.
Pero Consuelo sonrió.
—Sin la carpeta, no tienen nada.
Marcela soltó el brazo de su abuela.
—Entonces vamos por la carpeta.
Y ahí empezó la verdad que nadie iba a poder enterrar otra vez.
Continuará en los comentarios 

