En el funeral de mi padre, mi hermano se puso de pie y anunció: “Vamos a vender la casa de inmediato para pagar mi deuda de juego de casi 6 millones de pesos.” Luego mi… En voir plus

PARTE 1

“Vamos a vender la casa de mi papá cuanto antes para pagar mi deuda de apuestas.”

Eso dijo mi hermano Diego frente al ataúd de nuestro padre, en plena funeraria, mientras mi mamá asentía como si estuviera hablando del menú de una comida familiar.

El silencio cayó pesado sobre la capilla de la funeraria en Guadalajara. Olía a flores blancas, café recalentado y lágrimas fingidas. Había tías rezando bajito, vecinos persignándose y primos que no sabía ni cómo se llamaban. Yo estaba sentada en la tercera fila, con las manos frías sobre las piernas, tratando de entender cómo, antes de enterrar a mi padre, mi familia ya estaba rematando su casa.

Diego estaba de pie junto al micrófono, con traje caro, reloj brillante y cara de víctima. Minutos antes había dado un discurso precioso sobre mi papá, don Roberto Salazar: que fue un hombre trabajador, que nos enseñó el valor de la familia, que siempre pensó en nosotros. Mentiras a medias, de esas que la gente acepta en los funerales porque nadie quiere incomodar a los vivos.

Pero luego Diego cambió el tono.

“Como muchos saben, mi papá dejó pendientes importantes. Mi mamá y yo decidimos que lo mejor para honrar su memoria es vender la casa de Jardines del Bosque y resolver unas obligaciones familiares.”

Obligaciones familiares. Así le llamaban ahora a los casi seis millones de pesos que Diego debía por apostar en partidos, peleas y carreras clandestinas.

Mi mamá, doña Teresa, se levantó despacio. No miró el ataúd. Me miró a mí.

“Mariana ya hizo su vida en Ciudad de México”, dijo con una calma que me dolió más que un grito. “Ella puede buscar dónde quedarse cuando venga. Diego necesita apoyo. La casa se va a vender.”

Sentí que todos volteaban hacia mí. Algunos con lástima. Otros con morbo. Nadie dijo nada.

No era la primera vez que mi madre me dejaba fuera.

Cuando tenía dieciocho años, me aceptaron en la UNAM y en el Tec con beca parcial. Llegué feliz a la mesa con mis papeles. Mi mamá apenas los miró.

“¿Para qué invertir tanto en ti?”, dijo. “Tú algún día te vas a casar. Diego es el hombre de la casa, él sí necesita respaldo.”

Mi papá estaba sentado frente a su café. Apretó la mandíbula, pero no dijo nada.

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