PARTE 2: Esa noche, mientras Camila dormía con la mejilla roja y los ojos hinchados de tanto llorar, abrí una nota en mi celular y escribí tres cosas: salir de esa casa, denunciar a mi papá y no volver a permitir que nadie tocara a mi hija.
Primero tomé fotos. De su cara. De la marca de la mano. De sus lágrimas secas. Después escribí todo lo que había pasado, palabra por palabra, incluyendo la frase que todavía me quemaba por dentro: “La basura no merece cosas bonitas”.
Al día siguiente la llevé a una clínica. La doctora la revisó y se puso seria.
—Esto no fue una nalgada ni un accidente —me dijo en voz baja—. Fue un golpe en la cara de una menor. Debe quedar asentado.
Salí de ahí con un reporte médico y el corazón hecho pedazos, pero también con una claridad que nunca había tenido. Fui al Ministerio Público y levanté una denuncia por agresión y robo. Luego llamé al DIF para pedir orientación.
Cuando mis papás se enteraron, mi mamá me enfrentó en la cocina.
—¿Cómo pudiste denunciar a tu propio padre?