PARTE 1
“Como mi hija está embarazada, Valeria le va a regalar su coche de nueve millones de pesos.”
Eso dijo Patricia con una sonrisa perfecta, frente a casi doscientas personas, en plena boda de Mariana, mi hermanastra.
El salón de una hacienda elegante en San Ángel estaba lleno de orquídeas blancas, copas de cristal, mariachi de gala esperando su turno y gente que se creía dueña de medio México porque tenía apellidos largos y tarjetas negras. Yo estaba sentada hasta el fondo, cerca de la entrada de servicio, con un vestido azul marino sencillo y mi bolso sobre las piernas.
Afuera, en la zona de valet, estaba mi Rolls-Royce Phantom negro, importado, personalizado, con escolta privada. No era un capricho heredado. Era el resultado de quince años programando, levantando empresas, durmiendo tres horas y negociando con inversionistas que al principio me hablaban como si fuera asistente y no fundadora.
Patricia, mi madrastra, había llegado a mi vida cuando yo tenía trece años. Trajo con ella a Mariana, su hija, la niña dorada. La que nunca se equivocaba, nunca trabajaba y siempre “merecía lo mejor”. Yo, en cambio, era la rara, la seria, la que no tenía marido ni hijos, pero sí una cuenta bancaria que todos recordaban cuando había deudas.
Mi papá, Arturo, estaba sentado en la mesa principal. Evitaba mirarme.
Patricia tomó el micrófono y siguió hablando.
“Mariana y Diego esperan a su primer bebé. Y qué mejor regalo de bodas que la seguridad de un coche digno para una familia que empieza.”