PARTE 3: —Ay, Teresa, tampoco te pongas así —dijo Valeria desde el pasillo, con esa voz melosa que siempre usaba para parecer inocente—. Al final no te moriste, ¿no? Entonces todo salió bien.
Eso fue.
No el infarto.
No la llamada de mi mamá.
No la nota.
Esa frase fue lo que mató lo último que me quedaba adentro.
Porque no la dijo llorando.
No la dijo nerviosa.
No la dijo arrepentida.
La dijo molesta.