PARTE 1
“Si ustedes creen que me pueden vaciar la vida mientras duermo, al menos aprendan a mentir mejor.”
Lo pensé en silencio esa mañana, sentada en la isla de la cocina de la casa de mi papá, en Interlomas, mientras mi celular del trabajo vibraba sin parar dentro del saco. Llevaba años acostumbrada a la mala vibra de esa familia, pero jamás imaginé que se atreverían a tanto.
Mi papá, Arturo, había construido una vida impecable de aparador después de divorciarse de mi mamá. Casa enorme, pisos de mármol, comedor para doce personas, flores frescas en cada esquina y una esposa que parecía vivir para presumir lo que no había ganado. Verónica. Así se llamaba mi madrastra. Una mujer elegante por fuera, cruel por dentro, obsesionada con aparentar dinero, poder y superioridad. Venía con dos hijas igualitas a ella: Ximena, de veintiséis, y Paulina, de veinticuatro. Las dos hermosas, consentidas, desempleadas y convencidas de que el mundo les debía lujo por existir.
Yo era el blanco perfecto. La hija seria. La que no contestaba. La aburrida. La que no subía historias, no usaba ropa escandalosa y no peleaba por tonterías. Para ellas, eso era ser débil. Para mí, era no rebajarme.
A las tres de la madrugada escuché la puerta de mi cuarto abrirse despacito. No me moví. Entre las pestañas apenas vi la silueta de Verónica acercarse a la silla donde había dejado mi bolsa. Cuando hice un pequeño gesto, fingió que solo iba a dejarme una cobija. No dije nada. Pensé que hasta ella tenía un límite.
Me equivoqué.
A la mañana siguiente, al revisar las alertas, entendí todo.
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